viernes, 12 de marzo de 2010

Cuestión de tiempo...

Un vacío que es necesario, al menos por estos días
una amistad conplicada, una hermana traicionada, un sentimiento bloqueado por la cólera y el querer,
malditas o benditas las ganas de llorar, sí llorar como antes solía hacer en silencio.

Un momento de extasis, un momento de locura, unas horas de adrenalida sobrellevada pueden acabar con algo tan bonito?
a veces, cuando todo queda entre las bancas de un parque o cuatro paredes de alguna casa nada acaba, pero cuando sale a relucir la verdad, todo cambia, cambia para mal.
Valen las ganas de volver el tiempo atras?
Sí, sí vale, pero no se puede retroceder el tiempo y borrar los errores, por más que ruegues y pidas a todos los santos o a una estrella fugaz que en Lima no alumbra el cielo gris, no pasará.

Si pudiera explicar por qué lo hice, si pudiera prometer, pero sobretodo si pudiera cumplir lo que prometo, no dudaría en hablarte y contarte lo sucedido aquel día,
no puedo ni mirarte a los ojos, me averguenzo de estar ahí, viendo como te he lastimado, sintiendo que quiero explotar en llanto, pero tú lo has echo primero,
veo que estas llorando e intentando ser fuerte y no quebrarte ante la persona que te traicionó, ante mi que te mentí.

Veo que te alejas, veo que me ignoras, simplemente te veo.
Nada es igual a tu alrededor, a mi alrededor, a nuestro alrededor, aunque las personas y cosas son familiares, ahora no existen los sobrenombres,
los buenos ratos ni nada como antes. Te entiendo.

Todo ha quedado en suspenso, el pasado vuelve, el tiempo transcurre lento, impredecible es lo que pasará luego,
la mirada perdida, la mente en blanco y las palabras que no vienen a mi.
Dudas y frases tengo en mi cabeza, si yo estoy así, me imagino como debes estarlo tú y me duele.

Que ganas de salir corriendo, ganas de llorar, ganas de abrazarte y ganas de reír y que lo hagas conmigo,
es necesario ver la luz, sueño que vendrás, me cuesta imaginar que no estarás y no quiero estar así,
te recuerdo en las tardes de café, hablando mucho como si el tiempo no pasará y como si no nos vieramos de tiempo,
te recuerdo por lo que fue, por lo que planeamos que será, que sería.
No quiero recordarte, quiero que lo vivamos.

No siempre hay que decir con palabras cuanto se quiere a alguien, para que relatarte lo que siento por ti, si te llevo como aire al viento,
para quererte no hubo una razón, solo lo sentí en el corazón, no se explicar como llegaste hasta adentro,
para qué las confesiones, decepciones y demás, si te has vuelto mi sustento.

Me veo perdida entre la gente, converso con mi soledad en una habitación vacía. No hay tiempo o quizás eso sobre, no lo sé.
Tu ausencia se me nota, se me nota en mi mal trato a la gente, en el insulto a todo el que me jode,
se me nota en lo mojada de mi almohada de tanto llorar, se me nota que no estás presente.

Es el silencio el resumen de lo sucedido, es la tinta lo que no borra lo ocurrido, es la calma lo que falta por estos días,
es el tiempo una hoguera y una gota de lluvia, una esperanza.
Magia es poder mandar a volar lo malo, magia es volver a verte sonreir, magia es volver a empezar.

domingo, 7 de marzo de 2010

Un aire de esperanza...




Fuerte como el viento y dura con el tiempo, así resumo a Mitzy, la protagonista de mi historia, de mi crónica.

Un frió lunes 11 de mayo, 2:03 p.m. cuando llegué al Departamento de Pediatría, área Oncológica, vestía una bata celeste, una mascarilla que quizás en el afán de protegerme, me impedía la respiración, el cabello sujeto, como lo solía tener en mi época colegial, un lapicero en mano y dos hoja de papel arrancado de mi cuaderno, me acompañaban en lo que pensé seria una simple visita más al hospital, me equivoqué.

Un olor nauseabundo me sorprende cuando libero mi nariz de la molesta mascarilla, recién ahí entendí porque debo tenerla puesta.

Observando, sin saber que escribir o sobre quién escribir malgastaba los minutos en aquel tercer piso del block “G”, hasta que una sorpresiva vocecita me formula una pregunta, que hace años no escuchaba “Quien eres tú?”, aquella vocecita es de Mitzy, respondí apresurada y sorprendida a su pregunta, “Soy Adriana, y tú?”, ahí empieza mi verdadera historia.

Mitzy, es una pequeña de 6 años de edad, delgada, sin cabellos producto de la Quimioterapia, con una vía en su manito izquierda, que al parecer no le incomoda para nada o ya ha aprendido a convivir con ella, tiene una mirada tierna, sonrisa a flor de piel, que contagia a todo aquel que la mira, está sentada en su cama número 307.
Mitzy llegó hace 4 años a Lima con su mamá, Rosa del Águila, producto de su enfermedad, detectada a corta edad.

Al principio Mitzy se mostraba un poco reacia a mi presencia, sentía que invadía su lugar, su hogar. Pasaron algunos minutos para que pudiera hablarme amicalmente y no bastaron muchos otros para que pudiera darme cuenta que Mitzy es una parlanchina, que le encanta hacer amigas.

Pasamos las preguntas usuales que todo niño hace cuando conoce a alguien y a las que yo respondía gustosamente. Faltaba algo, lo importante diría yo, pero quizás no me animaba a preguntarle por su enfermedad por inexperiencia o simplemente porque me conmovía ver tanta inocencia enferma.

Una llamada corta la ilación de nuestra conversación , era su papá, llamándola desde Iquitos. No tomé mucha atención a la llamada, hasta que una frase me emocionó: “Papi, solo tengo que comer un poco más y tomar mucha agua y ya me sané…” Luego de oír esa poderosa y esperanzadora frase, supe que no sería una visita más al hospital.

Al termino de la llamada continué hablando con Mitzy, me contaba que el 30 bailará música árabe, la cual le fascina, con sus amigos del 311, 308 y 309, así me los presenta, así ella también los llama, son sus números de cama, acto que presentarán por el aniversario del piso.

Al ver que yo escribía casi todo lo que ella me contaba, me pregunta porque escribo tanto y que es lo que estoy escribiendo, que es lo que estudio. Dudosa por la respuesta que le di, me reta a que le escriba una frase, accedo. Le digo que ella me dicte lo que quiere que le escriba, “Un pez que come una galleta”. Queda conforme por lo escrito. Respondo a su siguiente pregunta, “Que estudias?”, Ciencias de la Comunicación - respondo, a lo que ella interrumpe, “Eres como los que salen en la tele?, porque yo también quiero ser así, también quiero salir en la tele cuando crezca”, le sonrió y le digo, “Algún día entones nos veremos y quizás trabajemos juntas”, ella me increpa, “No se, quizás si, quizás no, tú sabes”. Quedo helada con la respuesta.

Me pide una hoja para poder hacer algunos dibujos, en realidad quiere mostrarme como es su casa en Iquitos, hace dos triángulos a los lados, un rectángulo que los une, dos ventanas y una puerta, al lado dibuja a su familia, ella, su mamá, su papá, su hermano y a Luz, a quien ella llama hermana, pero no lo es, Luz es quién reemplaza a su mamá cuando tiene que ir al trabajo.
Mitzy prueba mi intelecto, me hace una suma, la cual respondo muy bien y mi nota, según coloca Mitzy, es 20. Dejamos los dibujos y las sumas de lado, para empezar un juego de cartas, al que Mitzy llama “Quien tiene más cartas, gana”. Mitzy gana la partida. Su sonrisa vuelve a cautivarme y logra que yo también sonría con ella.

Una rara petición de mi pequeña amiga me llama la atención, “Puedes cargarme para poder bajar y caminar un poco?” dudando un poco, accedo una vez más a lo que Mitzy quiere hacer. Caminamos por el pasadizo un rato, ella hacia las veces de guía y las enfermeras nos miraban con una extrañeza que yo la notaba.

Ya de regreso al 307, Mitzy me propone ver algunos videos, había pasado alrededor de dos horas desde que yo estaba ahí, tenía hambre, no había almorzado y pensé muchas veces antes de dar mi respuesta. “Tengo que almorzar”. Vi en la mirada de Mitzy tristeza y desilusión, no pude controlar mi sentimiento de culpabilidad, una vez más accedí al pedido de Mitzy.

Nos quedamos viendo un video de música árabe, Mitzy cantaba una pegajosa canción “Hayu, hayu, napa, napa, puchi, puchi, ra” ella cantaba y jugaba entretenida con mi celular, yo pensaba, mientras la miraba, como una pequeña sonrisa puede cambiar la idea con la que llegas a un lugar.

Habrá pasado media hora o quizás un poco más desde que empezamos a ver el video o mejor dicho a oír las canciones que salían del DVD y mientras más se acercaba el momento de la despedida yo pensaba como decirle que debía irme. Hasta que me animé a decírselo, esta vez Mitzy no puso reparos en que me vaya, pero si me pidió, casi rogándome, que regresara, que almorzara rápido y vuelva con ella para seguir viendo videos. Yo sabia que no regresaría, no porque no quisiera, sino que es un área restringida, la cual no permite el ingreso a cualquier persona. Aún así le mentí a Mitzy, con un pesar muy sentido, le dije que volvería. La despedida fue muy rápida, más bien fue un hasta luego.

Mientras me retiraba la odiosa mascarilla y el mandil celeste, no dejaba de pensar en Mitzy y la idea de volver uno de estos días rondaba mi cabeza.
Al irme alejando del cuarto, aquel que a primera vista me causó nauseas por su olor, sentía que debería volver, regresar para conversar, jugar cartas con Mitzy, escucharla cantar tan feliz las canciones árabes, volver para caminar un rato más por los pasadizos, ella siendo mi guía, volver para aprender de ella, para sentir esa valentía que transmite, la alegría que desborda cuando regala sonrisas y sobretodo la esperanza con la que mira cada situación, cuando te habla de un futuro, aquel que le puede ser esquivo de acá a unos años.

Hay algo muy cierto en esta historia, mi idea fría y absorta con la que fui aquella tarde del 11 de mayo al hospital quedó atrás luego de la pregunta que abrió camino a mi larga y entretenida charla con Mitzy. Luego de pasar algunas horas con ella mi mentalidad cambió. Me siento alegre por conocerla y triste por dejarla, pero tengo el propósito de regresar para pasar otra tarde entretenida con ella, pero esta vez no será por un trabajo, sino será por algo parecido a amistad.

Un sueño...



Un sueño que ya no era recurrente, me volvió al pasado, aquel que yo pensé había logrado superar o por lo menos intentado hacerme a la idea que no era posible un regreso.

Aquel domingo que desperté llorando por ese sueño o quizás haya sido por la intensidad de mis sentimientos que estaban siendo liberados inconscientemente, suplicando “no te vayas, por favor no lo hagas” esperando que aquel abrazo tan fuerte se prolongue más tiempo, un tiempo indeterminado, un tiempo que no se iría con el abrir de mis ojos.

Las vestiduras blancas del escenario en el que estábamos no me eran familiares, pero si la mezcla de dolor y alegría que sentía al verte, luego de tantos, tantos meses que han pasado. Me sentía rara, pero a la vez extasiada porque sabía que te esperaba y en cualquier momento llegarías, no pensé nunca que no llegarías, yo lo sentía, sentía que te vería.

Luego de 44 meses volví a verte, volví a sentir tus manos siempre calientes acariciando mi rostro, tu hermosa sonrisa que cada vez que te veía me regalabas, entrelazarme en tus brazos, poder llorar en ellos, de alegría y de tristeza, sentir latir tu corazón, verte de pie y no en una cama, como te veía las últimas veces. Era tan real aquel momento que no quería que acabe nunca, no quería que te vayas una vez más. Sin embargo pasó, me desperté y aquel domingo no fue como los demás, te tenía en la cabeza, pensé en ti a toda hora, que irónico tu cumpleaños sería en dos días, los girasoles estaban listos para llevártelos, pero no lo hice, cobardía? Sí, quizás haya sido eso.

Ese día puse una y otra vez la canción que me recuerda a ti, busque las fotos que guardaba celosamente en mi escritorio, no hablaba mucho, era cortante, no solo lo note yo, también todos a mi alrededor, felizmente no me preguntaron que me ocurría, pero sí podían imaginarse porque estaba ausente.

Suelo dormir en las tardes, no lo hice. Preferí estar despierta, con la vista perdida y la mente en otro lado, en otra época. En la noche miraba al techo, trataba de dormir, pero no podía, no era miedo de eso estoy segura, que habrá sido, hasta ahora no lo sé.

Hace mucho deje de escribir sobre ti, hace mucho también que no soñaba contigo ni mucho menos despertarme llorando por recordarte, fue lindo, feliz y nostálgico, tuve sentimientos encontrados, no sabía qué hacer, que sentir ni que pensar y lo único que hice fue levantarme de mi cama, salir casi corriendo de mi habitación y buscar un lugar tranquilo en mi casa para poder llorar y pensar en ti, llorar como hace mucho no lo hago, como aquel jueves que te fuiste para siempre tía, ese día te despedí llorando y ahora termino llorando, a través de una fría pantalla y nuevamente oyendo la canción que me recuerdas.

“Quisiera poder hablarte y decirte cuanto te amo y abrazarte como antes, quisiera sentir tu risa, volver a tocar tus manos siempre tibias, quisiera volver a verte, que Dios me escuche y pueda darme lo que pido…”